Muy buenas a todos los contertulianos adictos a este blog. Como habréis comprobado en el saludo, hoy no insulto a nadie. ¿Por qué? Porque me he levantado de buen rollo, he dormido de puta madre y me he metido un sandwich para desayunar que me ha sentado de perlas. En estos últimos días ha hecho un tiempo veraniego total, aunque hoy se ha torcido y está lloviendo a saquérrimo (como siempre en Múnich). Pero no pasa nada, porque hoy voy a recibir la visita del mismísimo ¡¡¡ANDRÉS CERÁMICA Y GRÉS!!! Sí, habéis leído bien, ayer pactamos un acuerdo verbal que decía que hoy, SÁBADO 22 DE AGOSTO DE 2009, Andrés cogía un tren desde Augsburg (a 70 km de Múnich) para pegarse la mega juerga con nosotros. Le he repetido hasta la saciedad que por favor NO nos la jugase y se rajase, pero parece ser que en serio va a venir. Éste va a ser un auténtico evento Diofántiko que, si se confirma de verdad, relataré en futuras entradas.
Como ya expuse en anteriores posts, la semana pasada estuvieron de visita Manolo y Julen. Tras incesantes y descomunales fiestas, he perdido con ellos un 20% de masa cerebral y un 64% de masa hepática. El cansancio acumulado llegó a límites indescriptibles y estuve a punto de fenecer de muerte súbita. Lástima que el "pepo" del Imanol se rajara a última hora, y con él también nuestras queridísimas muchachas vascas Aran y Jone. Supongo que habrán dado la réplica en Berlín y también se habrán pegado unas farras de infarto, pero de habernos juntado, hubiéramos llegado al nivel máximo Super Ôzaru Legendario ultra-bestial de las fiestas, generando un cataclismo a nivel continental que hubiera arrasado Europa entera sumiéndola enteramente en cenizas y desintegrando instantáneamente todo lo existente. Habrá que esperar a la próxima vez.
Y como habréis deducido, no he escrito estos días en el blog debido por supuesto a las visitas, pero también por culpa de un increíble dolor de cuello-espalda que me ha estado tocando los cojones durante los últimos días, haciendo insufrible el estar delante del ordenador. Pero hoy he vuelto para seguir contando esta truculenta historia acerca de LA DELINEANTE, el ser más monstruoso de las últimas décadas. Prosigamos pues:
Era una mañana tranquila. El cielo estaba despejado y los rayos del sol comenzaban a iluminar el día. Yo llegué a la oficina y, como siempre, saludé a todos los trabajadores. Todo parecía ir normal pero, de repente, unas nubes negrísimas (más negras que los huevos de Mutombo) comenzaron a cerrar el cielo. Estábamos un poco desconcertados, dado que hacía sólo unos minutos estaba completamente despejado. Nos asomamos por la ventana y vimos un éxodo descomunal de aves hacia el sur. Súbitamente, se produjo un relámpago de dimensiones gigantescas y a continuación empezó a ventear como nunca lo había hecho. Era como un tifón monzónico o los momentos preliminares a un tsunami pero, ¿en Baviera? ¿Donde no hay ni clima tropical ni costa?
Los truenos eran ensordecedores y nos mirábamos los unos a los otros sin saber qué demonios estaba ocurriendo. De repente, el suelo empezó a temblar sacudiendo el edificio entero. El terror corrió por toda la oficina: Las estanterías y los cuadros comenzaron a caerse, los cristales explotaron como por arte de magia y se cortó la red eléctrica. Nos refugiamos debajo de las mesas temiendo por nuestras vidas e intentamos llamar por teléfono en busca de ayuda, pero las redes de comunicaciones no funcionaban. Algo debía de ocurrir, este momento no podía ser casual. Cerré los ojos, me concetré en medio del caos que había y comencé cavar en lo más hondo de mi cerebro. Instantáneamente me vino algo a la cabeza: era EL DÍA DE LA BESTIA.
Abrí los ojos y de repente el suelo dejó de temblar. Era todo desconcertante y decidimos salir de debajo de las mesas. Nos levantamos y nos miramos los unos a los otros, en parte felices de estar vivos, pero por otra parte también inquietos temiendo lo que pudiera ocurrir a continuación. Y ahí es cuando la puerta de la oficina se abrió y apareció una figura de dimensiones ciclópeas enfundada en un traje negro y zapatos de tacones: era LA DELINEANTE.
Dios santísimo... no había visto nada más grotesco desde la aparición de Carmen de Mairena en Crónicas Marcianas. A pesar de ser un traje de talla XXXX ... n ... L, su orondo cuerpo estaba brutalmente embutido en él, sometiendo a las telas de su ropa a un esfuerzo de tracción similar al generado en los cables que sostienen los mayores puentes colgantes del mundo (véase a continuación la foto del Golden Gate en San Francisco).
Como ya expuse en anteriores posts, la semana pasada estuvieron de visita Manolo y Julen. Tras incesantes y descomunales fiestas, he perdido con ellos un 20% de masa cerebral y un 64% de masa hepática. El cansancio acumulado llegó a límites indescriptibles y estuve a punto de fenecer de muerte súbita. Lástima que el "pepo" del Imanol se rajara a última hora, y con él también nuestras queridísimas muchachas vascas Aran y Jone. Supongo que habrán dado la réplica en Berlín y también se habrán pegado unas farras de infarto, pero de habernos juntado, hubiéramos llegado al nivel máximo Super Ôzaru Legendario ultra-bestial de las fiestas, generando un cataclismo a nivel continental que hubiera arrasado Europa entera sumiéndola enteramente en cenizas y desintegrando instantáneamente todo lo existente. Habrá que esperar a la próxima vez.
Y como habréis deducido, no he escrito estos días en el blog debido por supuesto a las visitas, pero también por culpa de un increíble dolor de cuello-espalda que me ha estado tocando los cojones durante los últimos días, haciendo insufrible el estar delante del ordenador. Pero hoy he vuelto para seguir contando esta truculenta historia acerca de LA DELINEANTE, el ser más monstruoso de las últimas décadas. Prosigamos pues:
Era una mañana tranquila. El cielo estaba despejado y los rayos del sol comenzaban a iluminar el día. Yo llegué a la oficina y, como siempre, saludé a todos los trabajadores. Todo parecía ir normal pero, de repente, unas nubes negrísimas (más negras que los huevos de Mutombo) comenzaron a cerrar el cielo. Estábamos un poco desconcertados, dado que hacía sólo unos minutos estaba completamente despejado. Nos asomamos por la ventana y vimos un éxodo descomunal de aves hacia el sur. Súbitamente, se produjo un relámpago de dimensiones gigantescas y a continuación empezó a ventear como nunca lo había hecho. Era como un tifón monzónico o los momentos preliminares a un tsunami pero, ¿en Baviera? ¿Donde no hay ni clima tropical ni costa?
Los truenos eran ensordecedores y nos mirábamos los unos a los otros sin saber qué demonios estaba ocurriendo. De repente, el suelo empezó a temblar sacudiendo el edificio entero. El terror corrió por toda la oficina: Las estanterías y los cuadros comenzaron a caerse, los cristales explotaron como por arte de magia y se cortó la red eléctrica. Nos refugiamos debajo de las mesas temiendo por nuestras vidas e intentamos llamar por teléfono en busca de ayuda, pero las redes de comunicaciones no funcionaban. Algo debía de ocurrir, este momento no podía ser casual. Cerré los ojos, me concetré en medio del caos que había y comencé cavar en lo más hondo de mi cerebro. Instantáneamente me vino algo a la cabeza: era EL DÍA DE LA BESTIA.
Abrí los ojos y de repente el suelo dejó de temblar. Era todo desconcertante y decidimos salir de debajo de las mesas. Nos levantamos y nos miramos los unos a los otros, en parte felices de estar vivos, pero por otra parte también inquietos temiendo lo que pudiera ocurrir a continuación. Y ahí es cuando la puerta de la oficina se abrió y apareció una figura de dimensiones ciclópeas enfundada en un traje negro y zapatos de tacones: era LA DELINEANTE.
Dios santísimo... no había visto nada más grotesco desde la aparición de Carmen de Mairena en Crónicas Marcianas. A pesar de ser un traje de talla XXXX ... n ... L, su orondo cuerpo estaba brutalmente embutido en él, sometiendo a las telas de su ropa a un esfuerzo de tracción similar al generado en los cables que sostienen los mayores puentes colgantes del mundo (véase a continuación la foto del Golden Gate en San Francisco).
Además, su sebo corporal debía de estar sometido a una presión superior a los 15.000 MPa, rozando casi el estado de licuación. A su vez, los tacones de sus zapatos debían de estar fabricados de una aleación férrea ultra-resistente enriquecida con Praseodimio (elemento 59 en la tabla periódica del grupo de los Lantánidos), similar a los materiales utilizados en la tecnología militar o aeroespacial para la fabricación de astronaves blindadas. No era capaz de imaginarme cómo había metido tanta materia grasa en tan poco espacio, de modo que me planteaba cuánta energía se podría liberar en el momento que se desabrochara un solo botón de su pantalón. Su casa debía de tener bajo tierra un búnker o una cámara acorazada habilitada para aguantar una liberación instantánea de energía equivalente a 35 cabezas nucleares lanzadas al unísono.Yo no podía mirarle a la cara. Aún no estaba suficientemente preparado para aguantar el terror que me infundía. Saludé con un escueto "hola" y me senté inmediatamente en mi mesa para comenzar a trabajar. Desafortunadamente su puesto estaba justo enfrente del mío, y me cagué en la madré que parió al señor que descubrió el Praseodimio. Estaba todo el rato temeroso, dado que era un lugar con gran riesgo: cualquier movimiento en falso de La Delineante podría provocar el estallido de cualquiera de sus botones, generando una onda expansiva descomunal capaz de borrar países enteros del mapa y provocando la mayor masacre humanitaria de la historia de la Tierra. El destino de la raza humana estaba en mis manos y no podía decepcionar a nadie: Ultra-Yan estaba listo para el combate mortal que se iba a librar, pero lamentablemente las cosas no salieron según había planeado...
Continuará...
Bueno chavales, me he liado de forma brutal en los detalles y llevo aproximadamente 3 horas escribiendo. Estoy ya molido de darle a las teclitas y me apetece comer. Siento que algunos de vosotros os hayáis quedado un poco en plan What the fuck? dado que no he aportado nada de información a la historia, sino que me he puesto a escribir absurdeces y frikadas a diestro y siniestro. Pero no os preocupéis porque os prometo que la próxima entrada será dentro de poco y os garantizo que habrá tensión. Me despido de todos ustedes, Servus.
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